El tic-tac de la paciencia

Salgo de casa, como cada mañana, con mis dos perras que flanquean cada uno de mis lados.

Ellas corretean, saltarinas y alegres, siguiendo rastros… Pero nunca perdiéndome de vista. Como nunca yo las pierdo a ellas.

El soleado amanecer anuncia un nuevo día con temperaturas suaves, sin embargo a esas horas el aire es fresco todavía, recordando que el otoño está llamando a la puerta, y que pasará inevitablemente abriendo esa puerta de par en par, como pasa todos los años.

Algunos de los árboles todavía visten hojas verdes y vigorosas… Me da miedo podarlos. Me da miedo hacerles daño. Aguanto y recojo las pocas que van dejando caer, oyendo el suave sonido de esas hojas siendo mecidas por el viento…

Lleno mis pulmones de aire fresco, cierro los ojos y dejo que el sol produzca un resplandor rojizo en mis retinas que captan discretamente sus rayos. Varios pajarillos trinan insistentemente desde los abetos, y unas cuantas tórtolas despistadas son obligadas a levantar el vuelo apresuradamente por el instinto lobezno de mis perras, que se empeñan en azuzar todo lo que se mueva.

El jazmín está inmensamente lleno de pequeñas florecillas blancas que emiten un olor penetrante a la vez que agradable. Y ya, alguna mariposa juguetona vuela entre flor y flor disfrutando de esta paz mañanera.

La huerta sigue su ciclo, despacio pero sin pausa… Y me recuerda que por mucho que yo quiera que corra, ella requiere su tiempo, sus cuidados y su paciencia.

Paciencia… Esa virtud que nos obliga a parar y a esperar. Esa virtud que en ocasiones nos tortura por su carencia… El incesante tic-tac del reloj nos recuerda nuestra mortalidad, nuestras obligaciones y nuestra prisa por conseguir lo que sólo el tiempo nos da. ¿Qué más añorar sino paz y tranquilidad?

El trino insistente de los pajarillos me vuelve a la realidad, y a que debo recoger a las perras y debo volver a sumergirme en el mundo de las prisas y la infelicidad. Mi perra pequeña no quiere entrar… Le encanta acostarse al sol, sólo mirando las mariposas y sintiendo el calor otoñal.

Siento que ella, realmente, entiende el significado de la vida… Ella, con sus finitos años y con su simplicidad es capaz de disfrutar de placeres que a mí se me niegan por el maldito tic-tac.

Ana Escudero Satorres

Foto: Pixabay

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