La delicada confianza

Las emociones humanas son un asunto profundo y delicado. Casi a diario nos encontramos con situaciones o palabras que pueden herirnos en mayor o menor medida. Sólo se tiene que leer un medio de información; tanto da si prensa escrita, radio, televisión, o el medio en que cada cual se sienta más cómodo o elija. Nuestras retinas se ven acribilladas con noticias catastrofistas, algunas de ellas exageradas con el fin de conseguir que el iluso internauta pinche sobre el enlace correspondiente.

Con las amistades, familiares, compañeros o gente de nuestro variado entorno nos encontramos con lo mismo.  ¿Quién no tiene un vecino ruidoso o un hermano toca narices? Pero nosotros somos los que elegimos que todas estas afrentas nos afecten o no. Cuanto menor sea el grado de implicación emocional con quien nos dirige la ofensa, o sencillamente remueva nuestro “status quo”, menor será el grado de dolor que nos cause.

Discutir con alguien a quien no conocemos de nada, y seguramente no volveremos a ver, y que se nos cuele en el supermercado o alguien que realice un infracción de tráfico que se salve simplemente con un toque de claxon y una palabrota, nos causará una desazón que muy probablemente dure unos 10 minutos, como mucho; para los más rencorosos, media hora. Luego lo contaremos como una anécdota diaria y se quedará vagando en el limbo de nuestra memoria.

Pero si la persona que realiza la afrenta es alguien a quien tenemos en alta estima y en quien habíamos depositado nuestra confianza, ahí la cosa cambia. Sencillamente porque se nos rompe el corazón. Y, ¿cómo se arregla un corazón roto? ¿Cómo se recupera la confianza en alguien que nos ha traicionado?

Llegado este punto, existe una frase que leí en una famosa red social que todos conocemos y que se me quedó grabada… “Coge una hoja de papel, arrúgala, haz una bola, tírala al suelo y pisotéala. Luego cógela, deshaz su lastimada forma y pídele perdón. ¿Vuelve a su estado primigenio?”. Pues lo mismo ocurre cuando se lastima de verdad a alguien que te quiere. El perdón ayudará a que el corazón pueda volver a extenderse hasta cierto punto, pero la confianza que se había depositado en esa persona jamás volverá a su estado primigenio, porque su traición habrá causado una arruga en nuestro corazón.

Durante los años vamos dejando amigos por el camino… Incluso familia que no nos hacía bien… Pero existen otras personas que siempre formarán parte de nosotros, y a las que queremos más que a nuestra propia vida, y las arrugas que nos causan en el corazón duelen en el alma. Pueden llegar a lastimar hasta tal punto que hasta el cuerpo nos duela trasmitiendo la pena que sentimos dentro.

Que esa herida sane depende de ambas partes, en nuestra mano está perdonar sinceramente para que el dolor poco a poco vaya mermando… Y en la mano de la otra parte está el duro trabajo de volver a ganarse una confianza que se ha perdido.

Esto son las relaciones humanas, profundas y delicadas. Tan delicadas en ocasiones que sólo dependen de un fino toque para que nuestro corazón se rompa en mil pedazos, como aquellos resistentes vasos de la malograda casa Duralex. ¿Los recordáis? Se caían miles de veces y no se rompían, hasta que un día, sin querer, le dabas un pequeño toquecillo y se rompían en miles y miles de pequeños cubos que tardabas semanas en barrer.

Fuente: Pixabay

Deja tu comentario

Recientes

Libros recientes

Categorias de libros

Newsletter

¡No te pierdas ninguna noticia!