La sala de espera

El tic tac del reloj se me hace insoportable. Esa habitación parece la sala de espera del notario en el que firmamos nuestra hipoteca; fría, con sillones verdes de los años 70, con cuadros impersonales y comprados con bastante mal gusto… Me sudan las piernas y la espalda de estar sentada en semejante cosa tan horrenda. Me levanto y camino por la sala.

Miro a mi marido y alucino con su visión; está tranquilamente sentado leyendo una revista de coches. Suspiro profundamente y parece que he captado su atención.

  • Tranquila, siéntate, todo irá bien.

No sé si admirar su tranquilidad pasmosa o lanzar un grito y salir corriendo de allí. A mí me da la sensación de que el corazón me va a estallar. Hoy no han funcionado ni las valerianas, ni los ansiolíticos, ni 50 tazas de tila, no puedo más. No puedo con esta espera. ¿Por qué nadie nos dice nada?

Salgo al pasillo y echo un vistazo para ver qué se cuece. Nada, ni señal de lo nuestro. Voy al mostrador y pregunto.

  • Oiga, señorita, ¿se sabe algo de nosotros?
  • No, lo siento, parece que se han retrasado un poco.

¿Que se han retrasado? ¡Nos ha jodido! Eso ya se verlo yo, pero ¿aquella pobre chica qué culpa tiene? En fin…

  • Siéntese en la sala de espera, por favor, en cuanto sepa algo, yo les aviso.
  • Muchas gracias.

Me vuelvo hacia la dichosa sala y siento un molesto dolor de estómago, precedido de unas tremendas ganas de vomitar. Son los nervios, lo sé… Me siento bloqueada, sin libertad de movimiento, parece que mis piernas han decidido no caminar.  Me paro y lleno mis pulmones con todo el aire que puedo… Mi cuerpo va respondiendo poco a poco… Mi marido por fin levanta la vista de la dichosa revista y se dirige hacia mí.

  • Haz el favor de sentarte y tranquilizarte ya, porque si no te va a dar algo.
  • Es que no sé cómo puedes estar tan tranquilo, después de todo lo que hemos pasado. Tantos años de espera, tantos médicos, ahora tanto papeleo… Nos hemos gastado lo que teníamos y lo que no… En serio, me pasma tu tranquilidad.

Me acompaña hacia una de esas sillas horrendas y me ayuda a sentarme.

  • Todo saldrá bien, no te preocupes.

Vuelve a coger la cochina revistita. Me estoy planteando seriamente hacérsela tragar enterita.

Oigo cómo se abre el ascensor. Pasos. Mi corazón se acelera hasta un ritmo que no había sentido nunca, parece que va a saltar por mi garganta. Por fin esa dichosa puerta se abre, y ahí están esos ojos inocentes, abiertos de par en par, esas manitas tan regordetas y bonitas… Ese pelo rizado, que nada tiene que ver con el nuestro, pero que ya amo desde este mismo momento. Después de tanto, ahí está. Lo que tanto hemos buscado.

  • Bien, señores, aquí tienen por fin a su bebé.

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