La tienda de la calle Santa Cruz

El funeral de Mercedes

La despertó por la mañana el sonido de su móvil. Se incorporó de golpe en el sofá, donde se quedó frita después de ingerir las 6 latas de cerveza de forma consecutiva. Lo primero que sintió fue unas tremendas arcadas y un fuerte martilleo en la cabeza.

Lo segundo fue un profundo agujero en el corazón.

Era Sandra.

  • Hola Sandra, ¿qué quieres?
  • María, cariño, ¿piensas venir al funeral de tu madre? Está todo el mundo aquí, te estamos esperando.

María miró el reloj del móvil, eran las 10.45 de la mañana y el funeral de su madre era a las 11. Debía correr.

Llegó 20 minutos tarde, con el pelo desaliñado, la falda torcida y un tremendo dolor de cabeza. Escondía sus ojos tras unas enormes gafas de sol que le daban aspecto de tonadillera enterrando a su torero. El féretro de su madre se encontraba en mitad de una sala llena de orquídeas blancas y una gran foto, en donde Mercedes aparecía como si fuese una actriz de Hollywood. La sala estaba abarrotada. La gente iba muy bien vestida, la mayoría de ella, como María, escondida tras enormes gafas de sol y saludándose efusivamente entre ella.

María se acurrucó en una silla en primera fila reservada para ella. No conocía a nadie de los allí presentes, y ahora, ni siquiera Roberto la acompañaba. Marcó el número de Carlos que contestó a los tres tonos.

  • Carlos, estoy en el funeral de mi madre, ¿podrías acompañarme?
  • ¡Vaya! Lo siento muchísimo, tengo una reunión con Victoria en 20 minutos, me es imposible. ¿Recuerdas que ayer despreciaste mi ofrecimiento? Además, no creo que a Mercedes le hiciese demasiada gracia verme allí. ¡Ciao guapa! – Y colgó.

“¿Cómo has podido ser tan estúpida?” Volvió a pensar María. “¿Y Sandra?” Tanta insistencia y ahora era ella la ausente.

Pero cual fue la sorpresa de María cuando vio que era, ni más ni menos que Sandra, la que presidía y conducía el funeral de su madre. La idea es que fuese una ceremonia íntima, sin pompa, y aquello, de pronto parecía el funeral de una estrella del rock.

Sandra subió al atril y empezó a hablar de Mercedes, alabando sus capacidades especiales y otras virtudes que María no sabía que tenía su madre. Resulta que ahora había sido una mujer especial que admiraban todos los allí presentes. ¿La admiraban por qué? De todas formas, las palabras se desdibujaban en la mente de María, que sólo estaba concentrada en no vomitar frente al ataúd de su madre. Al final, todo acabó siendo como un murmullo, como ruido que no significa nada.

Lo único que importaba es que su madre estaba metida en una caja.

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