Sentir miedo

Cuando era una niña y sentía miedo por algo, como es normal en la infancia, me dirigía hacia mis padres buscando su consuelo y raciocinio. En aquellos tiempos los adultos me ofrecían un patrón protector que alejaba mis temores infantiles e inocentes. Pensaba, de forma muy errónea que cuando fuese una de ellos no sentiría miedo; pensaba que todos esos monstruos que entonces creía que vivían bajo mi cama se esfumarían y esa angustia que apretaba mi estómago cuando la luz de mi dormitorio se apagaba no volvería más.

Pues bien, ya soy una adulta. Peino canas desde hace algún quinquenio y esa angustia que apretaba mi estómago no sólo no se ha ido, sino que se ha transformado en ansiedad, y en no pocas ocasiones en ataques de pánico.

He comprendido con los años que el miedo es algo que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. En mi caso, y como es lógico en muchas personas, mi miedo más profundo es que le suceda algo malo a mi familia, y a no ser capaz de cuidarles y de proporcionales lo que necesiten. Ahora ya no sólo tengo miedo a los monstruos de debajo de mi cama, también lo tengo a los monstruos que puedan aparecer bajo las camas de mis hijas.

También siento miedo al avance inexorable de las agujas del reloj. Veo envejecer a mis padres, y como es lógico tengo miedo de perderles; aunque el contacto no sea diario, da lo mismo. Sé que ellos siguen ahí, con su vida y con sus particularidades, pero dando guerra. Por supuesto, también sé que seguiré sus pasos y también tengo miedo de mi propia mortalidad.

Los relatados con anterioridad no dejan de ser miedos comunes en la mayoría de los mortales que poblamos este planeta, es el miedo de perder a nuestros seres queridos. Tan simple y tan tremendo a la vez. Sin embargo, existen otro tipo de miedos que cada uno va haciendo como propios, y que acaban forjando nuestro carácter e incluso nuestra toma de decisiones.

Esta clase de miedo al que me refiero es el que sentimos ante la posibilidad de equivocarnos.

He podido observar ahora más que nunca debido a las redes sociales, que se repite el mantra incansable de que no debemos tener miedo, que el miedo no nos deja avanzar, y se nos ofrecen incluso, un larga retaila de terapias varias para no tenerlo.

En efecto, sentir miedo paralizante es aterrador y puede llegar a convertirse en una patología con consecuencias nefastas para quien lo sufre; pero como todo en esta vida, el miedo también tiene matices.

Existe un miedo que en ocasiones emana de una especie de vocecilla interior y nos avisa del peligro que puede aguardarnos tras una decisión incorrecta, por ejemplo. Esta vocecilla y ese miedo no sólo proceden del lógico miedo a lo desconocido, también procede de nuestra memoria, bien sea adquirida a través de la educación recibida o bien a través de experiencias vividas anteriormente y que no llegaron a buen fin. Ante esta disyuntiva resulta complicado acallar ese miedo, en cierta manera porque puede resultar la voz latente de nuestro subconsciente advirtiéndonos de un verdadero peligro. Es en este caso donde corresponde realizar una profunda reflexión y viaje de autoconocimiento para discriminar lo correcto que pueda llegarnos desde nuestro interior y tomar la decisión de seguir adelante ante una circunstancia que nos crea miedo y desasosiego. En este caso el miedo puede ser malo o bueno, todo dependerá de los resultados o consecuencias de nuestra decisión. Que al mismo tiempo volverá a condicionar decisiones futuras.

El miedo, sin que llegue a ser una patología es un aviso, una advertencia que nos llega transmitida desde nuestros ancestros o nuestra experiencia, y por lo tanto, no siempre tiene connotaciones negativas por sí mismo.

El miedo nos provoca estar alerta, aumenta nuestra frecuencia cardíaca, dispara nuestra adrenalina y agudiza nuestros sentidos; herencia de nuestros viejos ancestros paleolíticos que necesitaban de esta alerta para sobrevivir cada día. Ese miedo ancestral es el que verdaderamente nos advierte de que corremos un peligro inminente, es nuestro propio instinto, que podemos sentir a flor de piel, y que no siempre es bueno acallar.

Si descartamos situaciones límite en las que nuestra vida o la de nuestros seres queridos puedan ser cercioradas o el estado patológico, quizás ese miedo sea bueno escucharlo. Puede ofrecernos la oportunidad de ejercer una prudencia que de otra forma no tendríamos, convirtiéndonos en auténticos camicaces peligrosos para nosotros mismos y para los demás.

¿El problema al que nos enfrentamos hoy los seres humanos? Averiguar qué miedo nos advierte de una amena real y cual no. ¿Cómo podemos tener la certeza de que realmente nos encontramos en peligro? Vivimos en un entorno en el que se nos dice que no es bueno tener miedo, y sin embargo, se nos manipula a través del miedo. Ahora más que nunca es cuando debemos escuchar esa voz interior adquirida de forma real y relevante. Es cuando más debemos contrastar información y tener la mente clara para poder ser capaces de separar el grano de la paja, lo banal de lo importante. Ciertamente, en estos tiempos es una árdua tarea.

Resulta que nos ha tocado vivir históricamente en la época en la que contamos con más información, y es cuando más desinformados estamos, precisamente por no escuchar a nuestros instintos. Y para más inri se nos priva de los instrumentos necesarios para aprender a pensar. La filosofía y las humanidades han desaparecido de un sistema educativo que se ha empeñado en crear mano de obra; especializada, pero mano de obra. Las mentes jóvenes y deductivas carecen de las herramientas necesarias para su correcto desarrollo y madurez con tal de que puedan llegar a pensar por sí mismos. ¿Casualidad?

Tiempos extraños los que vivimos incluso para el miedo.

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